|
¿Hay un Sacerdote en la Casa?
Hay un sacerdote en cada casa. Dios ha diseñado al hombre para desempeñar ese papel. Estudiantes de la Biblia o no -señores- ustedes son los sacerdotes.
Ya sea que lo crean o no, lo reciban, lo vivan o lo ignoren ustedes son los sacerdotes. Es trabajo del sacerdote el ministrar no solamente al Señor, sino también a aquellos que han sido confiados a su cuidado. Eso significa que el hombre debe ministrar a su esposa e hijos.
Tal ministerio requiere de trabajo. Es necesario ser un verdadero hombre para llevarlo a cabo exitosamente. Pero Dios da todas las direcciones que necesitamos en Su Manual. La mayoría de los hombres no han sabido reconocer que tienen que desempeñar un ministerio como sacerdotes en sus hogares.
El sacerdote del hogar debe orar por su esposa. La oración trae consigo intimidad. Usted intima con Aquel a quien ora, con aquel por quien ora y con aquel con quiera ora. Moisés subió al Monte Sinaí -el lugar de oración- y permaneció ahí por tanto tiempo que finalmente Dios pudo hablar con él "de amigo a amigo", ¿Por qué? Porque la oración produce intimidad.
Jesús había intimado tanto en oración con el Padre, que en el Monte de la Transfiguración la gloria de la presencia del Padre brilló a través de El. En el día de Pentecostés, los discípulos fueron dotados con poder porque estaban orando juntos. Su oración produjo tal intimidad que "estaban todos unánimes" y su oración trajo poder. Cuando un hombre ora con su esposa, él intima con ella. En la verdadera oración espiritual, la intimidad desarrollada es mucho más grande que la unión física. Es en el espíritu. Una mujer que ora por su marido desarrolla una intimidad en espíritu con él que la atrae más a él. Ella se identifica con sus necesidades y de esta manera le ayuda a enfrentarlas. Cuando el hombre falla en orar por su esposa, significa que él puede tener una intimidad física, pero no desarrolla la intimidad de espíritu que produce la verdadera unidad. Las relaciones sexuales son una cosa; la opinión espiritual es otra. Si en realidad usted desea ser uno con su esposa, entonces ore por ella y con ella.
Esta es la razón de aquel lema: "La familia que ora unida, permanece unida". No hay otro camino, el hombre debe ser el sacerdote, pero es Dios quien lo llevará a eso. Una mujer no puede empujarlo a ello. El empujón de una mujer sólo es de ayuda cuando un hombre ya está siendo guiado por el Espíritu de Dios para ser lo que Dios desea que sea. El hombre puede cambiar sus hábitos. Sólo Dios puede cambiar la naturaleza del hombre. Usted le da a su esposa la seguridad de su amor diciéndole que ella es la mujer que Dios deseaba que él tuviera.
Quedamos comprometidos con lo que confesamos. Todo esposo debe darse cuenta de que la santidad de la unión matrimonial es la prioridad más grande que Dios tiene en cada matrimonio. Los hombres son sacerdotes. Deben ministrar. Pero, como pueden ver, el ministerio va más allá de predicar. El ministerio es amar. Un hombre nunca deja de ministrar. Es su vida. Dios hizo al hombre para ser un buen líder y un administrador. Nada le pertenece al hombre; solamente es administrador -mayordomo. La salud, el matrimonio, los hijos, las tierras, los negocios -el amor de su esposa; de todo esto el hombre no es más que un simple administrador. Todo le pertenece a Dios- El nos lo dio todo. Es de lo que hemos hecho, de cómo lo hemos atendido, que tendremos que rendir cuentas. Sea un buen sacerdote. Sea un buen administrador.
Ministre.
Ministre a su esposa.
Ore por ella y con ella.
Desarrolle su intimidad.
Confiese que ella es su esposa.
Ministre seguridad. Eso es amarla.
Llévesela a algún lado y préstele toda su atención.
Enamórense de nuevo periódicamente.
Hombres: -no tienen otra opción.
Es Dios quien nos ha llamado a ser sacerdotes en su hogar.
¿Hay un sacerdote en su casa?
Recomienda este articulo
Regresar
|